Salgo de la cueva de mis pensamientos solo para verla. Recorro tiempos y espacios de tantas vidas e historias antes de llegar a su morada y tocar su puerta, esa puerta que yace inerte y silenciosa hasta que mi puño le roza. Ya ansío ver esas lunas brillando en las sombras, tan serenas lanzando fascinantes verdes que me calman. Escucho su voz, es tan suave y amable, apenas un suspiro azul más que suficiente para tornar su espacio en una profunda emoción libre de pensamiento.
Solo el momento importa, exhalo, y como el humo, mi angustia se esfuma, ella me mira, con esos ojos penetrantes y seductores que, tal y como pasa con la música me golpean pero sin dolor. Ahora percibo su aroma, una leve brisa bogotana que susurra en mi ventana me lo trajo. Como también me trajo el delicado recuerdo de su hombro levantándose como las olas del mar, y yo miro completamente atónito tal despliegue de expresión y belleza, y me quedo esperando en la orilla de nuestro océano a que esa ola baje y choque sobre mi pecho liberándo las cadenas mentales de mis pensamientos, dándome así por un instante el suspiro de la libertad.