Hace poco anduve por iguazu. Fui por dos días a ver la maravillosa catarata. Mi cámara estuvo presente, como también presentes estaban los miles de turistas con sus miles de cámaras. Abro este espacio con un escrito que hice hace un tiempo y que fue evocado debido a una molestia general (que seguro tiene que ver conmigo mismo) para con el resto de los presentes aquel dia en dicho lugar. La inconformidad, irritabilidad, o desintonía para con mis congeneres surge al observar una falta de conexión y compenetración, de percepción e identificacion hacia la real unidad, ya que oportunidades como la de percibir una grandeza tan infinita valen la pena ser aprovechadas para comprender de donde venimos y realmente la escencia que somos, y me ofusca aun mas el hecho que las cámaras fotográficas estén contribuyendo de cierta forma a dicho distanciamiento. Ahora nuestro ojo ávido de imagenes para no dejar nada atrás, tiene como aliado cualquier aparatejo digital, y esto muchas veces ocasiona que nos perdamos todo! bajemos la cámara, subamos la vista y observemos mas allá, esa imponencia , esa esencia que supera los limites de los sentidos y en lugar de mirar, tratemos de observar en silencio, de utilizar correctamente nuestros sentidos para vincularnos, y asi encontraremos el verdadero sentido de un viaje semejante, y de paso la verdadera fotografía, y que cualquier persona puede encontrar. Es un punto de vista supremamente egoista, y hasta puede percibirse como intolerante y generalizado, aunque sinceramente no expresaría esto si no sintiese primero la molestia conmigo mismo por haber caido en dichas manias. Simplemente me veo reflejado en esas otras personas que actuan como espejo...
El escrito es el siguiente:
En el crepúsculo de aquel día en esa isla con tanta riqueza natural e histórica, quede anonadado con lo que mis ojos percibían. Un sinfín de amarillos se confabulaban detrás del océano, dando paso al surgimiento de una inmensísima luna que sin vacilar asomaba su vanidosa piel platinada, impactándonos a todos los allí presentes. Una hermana de circunstancia viajera hacía un dibujo del panorama, era bello pero no más lindo que lo vivido. Al ver a mi compañera tan extasiada dibujando espectacularmente aquella luna, me pregunte por primera vez si era posible atesorar un recuerdo por medio de la imagen, y más aun, vivirla más intensamente. Un hombre dedicado al estudio de la vida (o biología) recitaba con emoción desbordante algún poema surgido desde lo más diáfano de su alma, y mientras afirmaba que las mejores fotos son las que se llevan en el corazón mientras se viven y no las atesoradas a la fuerza. El poético momento me invadía, y decidí darle la razón a ese hombre tan sencillo como incomprendido en muchas ocasiones que ahora no van al caso. Cuarenta y cinco días después de este y muchos acontecimientos similares (como el avistamiento de ballenas) en la isla de Gorgona en Colombia, decidí entrar a estudiar fotografía. Era algo que me debía a mí mismo. Ciertamente el biólogo tenía razón, pero la poesía de aquella compañera me seducía, y como nunca he sido muy bueno con el pincel, decidí exponer la poesía de lo que veo en la fotografía. Meses después, volví con unos conocimientos de fotografía y sin cámara. Aunque estudiaba fotografía, sentía aun muy dentro mío que los mejores momentos se atesoran en la memoria y en el corazón mas no en una cámara. Afortunadamente una guarda parques compañera y amiga llevo una pentax k1000, herramienta hermosa que me ofreció por un día, cargada con un rollo en blanco y negro para que hiciese fotografías. Estuve inmerso en la desbordante hermosura del lugar tomando y seleccionando a qué tomarle fotos. Después de ese día comprendí que no necesariamente el momento y la cámara van desligados, por el contrario se vuelven uno solo conmigo! 